Hidalgo. Rosendo Cruz Rufino, Mercenario del Agua y al mejor postor.

En la región Tula–Tlaxcoapan–Tlahuelilpan hay nombres que no se explican sin conflicto. Uno de ellos es Rosendo Cruz Rufino. Se presenta como activista social, líder campesino y defensor del campo frente al poder económico y político. Pero cuando se observa su trayectoria con cuidado, lo que aparece no es un luchador contra el sistema, sino alguien que aprendió a vivir de él, alimentándolo desde la confrontación permanente.

Desde hace más de una década, su figura aparece ligada a los mismos elementos: agua, tierras, enojo social, movilización y micrófono. En 2015, mientras buscaba una diputación federal por el PAN, fue señalado por autoridades estatales por incitar la ocupación de tierras agrícolas en Tlahuelilpan, en medio de disputas por el uso de aguas residuales para riego. El tema era serio: riesgos sanitarios, impacto ambiental, producción de alimentos en condiciones cuestionables. Pero el fondo técnico fue rápidamente desplazado por el espectáculo político. El conflicto no se resolvió; se convirtió en bandera.

A partir de ahí, el patrón se repite. Protestas contra plantas de tratamiento, llamados a frenar proyectos, discursos incendiarios que siempre colocan a un enemigo externo, el gobierno, las empresas, “los de arriba”, y nunca una reflexión sobre quién controla localmente el movimiento, quién decide cuándo se protesta, cuándo se negocia y cuándo conviene mantener viva la inconformidad. La causa cambia de forma, pero el método es idéntico: tensión constante como forma de permanencia política.

En la región se le atribuye, desde hace años, un liderazgo que raya en el control absoluto de la representación campesina. No hay sentencias que lo acrediten como corrupto, pero sí una percepción ampliamente compartida: cuando una sola persona concentra la vocería, la convocatoria y la interlocución, el movimiento deja de ser colectivo y se vuelve instrumento personal. La necesidad se administra. El enojo se dosifica. El conflicto se mantiene.

Y aquí está el punto más grave: el agua, el campo y la supervivencia de cientos de familias no aparecen como derechos a resolver, sino como recursos políticos a explotar. Cuando alguien convierte una necesidad básica en plataforma, cuando se presenta como único intermediario del dolor ajeno, cuando el problema nunca termina porque su existencia depende de que siga abierto, ya no estamos frente a un líder social, sino frente a un mercenario de la carencia. La escasez se vuelve negocio político. La urgencia, combustible electoral.

Su trayectoria partidista refuerza esta lectura. PAN primero, Morena después. Candidaturas, rupturas, acomodos. En 2016 dejó Acción Nacional para subirse al nuevo ciclo político, no por una transformación ideológica profunda, sino cuando el contexto ya le era favorable. Antiguos aliados lo señalaron por oportunismo. Él respondió con el mismo guion: confrontación, denuncia, victimización.

Ese mismo año encabezó protestas por presunto fraude electoral en Hidalgo. El mensaje fue de oposición frontal al poder estatal. El resultado, otra vez, fue ruido sin transformación. Mucha épica, pocos cambios estructurales. Mucha narrativa de lucha, pocos avances verificables para quienes dice representar.

En 2025 fue denunciado por presunta violencia política de género por una presidenta municipal. El Tribunal Electoral desestimó la acusación al considerar que se trataba de señalamientos sobre temas de seguridad y gestión pública. Legalmente quedó absuelto. Políticamente, el episodio confirmó lo evidente: su forma de operar siempre empuja al límite, sin importar el desgaste institucional o social que deja a su paso.

También ha sido “víctima” de hechos "violentos": un atentado a balazos en 2015, la irrupción armada en su domicilio en 2018. Estos episodios fortalecen su narrativa de perseguido por los poderosos, con quienes unas semanas después se fotografiaba con ellos y comía extraordinarios majares. No prueban culpabilidad alguna, pero sí consolidan un personaje que necesita enemigos constantes para sostener su papel. *El mártir comunica mejor que el gestor*. 

En 2025 volvió a colocarse como el gran convocante del "mercenario" del campo. Reuniones de 200 y 300 ejidatarios, discursos sobre heladas, pérdidas económicas, falta de agua, precios injustos del maíz. Reclamos reales, dolor auténtico. Pero otra vez, el mensaje apuntó más al reflector que a la solución. Videos dirigidos a la presidenta, señalamientos a grandes corporativos, cifras escandalosas. El diagnóstico es correcto. La pregunta incómoda persiste: *¿Qué ha cambiado después de años de discursos idénticos?*

Más aún cuando esas mismas reuniones se convierten en escenarios para posicionar figuras políticas y aspiraciones personales. El campo como escenografía. El hambre como argumento. La necesidad como moneda.

A esto se suma un dato que no es menor en la política regional: su vínculo familiar con una regidora de Tlahuelilpan, ex candidata a presidenta municipal por el Partido Verde. En territorios donde el poder se hereda, se comparte o se protege, estas conexiones pesan. El discurso contra el poder se vuelve selectivo cuando el poder es propio.

Rosendo Cruz Rufino no es un delincuente probado ni un corrupto sentenciado, pero sin duda alguna es un "mercenario" que se vende al mejor postor, que siempre a sido el $$$. Eso debe decirse con claridad. Pero tampoco es el líder desinteresado que combate al sistema desde afuera. Es, más bien, un operador del conflicto, vendedor de espejos o ilusiones, alguien que ha hecho del enojo social una forma de permanencia y negocio, que cambia de siglas cuando conviene, que señala enemigos cuando hace falta y que evita, de manera sistemática, que los problemas se resuelvan del todo.

Porque cuando el agua llega, cuando el conflicto se cierra, cuando la gente deja de necesitar intermediarios, el mercenario se queda sin trabajo.

El campo no necesita más voces que administren la escasez.
No necesita líderes que vivan del problema.
Necesita soluciones, transparencia y representación que no dependa del grito ni del miedo.

El llamado es claro: el agua y la dignidad campesina no pueden seguir siendo botín político.
Ni de gobiernos, ni de empresas, ni de quienes dicen defenderlas mientras las usan para seguir existiendo.
Hoy por hoy invertirá para su futuro, como mercenario buscara interlocución en altas esferas para hacer saber a todo México su "lucha", cueste lo cueste, compre a quien compre, querrá posicionarse como Mártir ante la Presidenta.