Colaboración Especial del Maestro Héctor Navarrete Mendoza
Hay historias que la historia oficial prefiere mantener en las sombras, no por falta de importancia, sino porque son tan intensas, tan cinematográficas y tan cargadas de tragedia, que parecen guiones de película más que hechos reales.
Sin embargo, la realidad histórica de México está llena de capítulos como este: la vida y el fin de Félix Díaz Mori, conocido como "El Chato", el hermano menor del general Porfirio Díaz, un hombre que tuvo valor, poder y prestigio, pero que perdió todo, incluida la vida por su propia soberbia y falta de medida.
Nacido en Oaxaca en 1833, Félix compartía con su hermano mayor el temple, la valentía y el amor por las armas. De complexión fuerte, cuerpo atlético y espíritu indomable, se formó para la vida militar y demostró su coraje en los campos de batalla más importantes de su época. Fue uno de esos hombres que escribieron páginas de gloria para el país: combatió heroicamente en la legendaria Batalla del 5 de Mayo de 1862, en Puebla, enfrentando al ejército francés considerado en ese entonces el más poderoso del mundo. Su hoja de servicios era impecable, y su trayectoria le valió el reconocimiento que lo llevó, años después, a ser nombrado Gobernador Constitucional del estado de Oaxaca.
Pero el poder, dicen, es una prueba de fuego para el carácter, y en Félix Díaz Mori esa prueba fue reprobada rotundamente.
Ya en el gobierno, "El Chato" se convirtió en un hombre autoritario, prepotente y convencido de que su voluntad estaba por encima de cualquier ley, costumbre o sentimiento de su pueblo. Y fue en la población de Juchitán, tierra de gente de carácter fuerte y profundamente devota, donde su arrogancia tocó el límite que nadie debía cruzar.
EL ATROPELLO: CONTRA EL PUEBLO Y SU SANTO PATRÓN
Corría el año de 1871. La región del Istmo de Tehuantepec vivía tiempos tensos, y Félix Díaz, con la firmeza que lo caracterizaba pero sin el tacto necesario, llegó a Juchitán con una comitiva armada. Lo que ocurrió después quedó grabado en la memoria colectiva como una de las afrentas más grandes contra la identidad y fe de aquel pueblo.
Sin importarle la tradición ni la furia que desataría, el gobernador entró a caballo, con todo y tropa al atrio principal de la iglesia parroquial, un espacio sagrado respetado incluso por ejércitos enemigos en tiempos de guerra. Ordenó ante el asombro y terror de los presentes que bajaran del altar mayor la imagen de San Vicente Ferrer, el Santo Patrono del pueblo de Juchitán, el protector, el símbolo que unía a toda la comunidad.
Lo siguiente fue un acto de brutalidad y desprecio: ataron la imagen de madera a la cola de su caballo y lo arrastraron por el empedrado de todas las calles del pueblo, desde la plaza principal hasta las orillas, ante la mirada impotente y llorosa de los habitantes. Como si la humillación no fuera suficiente, al momento de meter la imagen en una caja para sacarla del pueblo, se dieron cuenta de que no cabía completa. Sin dudarlo un segundo, "El Chato" dio la orden definitiva: para que le cortaran los pies al santo.
Se llevó la imagen despedazada y durante más de un año, los juchitecos autoridades, ancianos, sacerdotes y familias enteras, acudieron a suplicarle, a pedirle, a rogarle que devolviera su santo patrono. Félix Díaz se mantuvo firme, indiferente y desafiante: se negó rotundamente. Creía que su poder era infinito y que ningún agravio quedaría registrado contra él. Pero la historia le tenía preparada una lección perfecta de justicia poética.
EL DESTINO: LA CAÍDA Y LA VENGANZA BÍBLICA
Poco después, la carrera política de Félix Díaz sufrió un golpe mortal. Él fue uno de los principales impulsores y líderes del Plan de la Noria, el levantamiento armado que buscaba llevar a su hermano Porfirio a la presidencia, desconociendo la reelección de Benito Juárez.
Sin embargo, la revuelta fracasó militarmente y políticamente, y "El Chato" tuvo que huir para salvar la vida.
Su intención era llegar a las costas del Pacífico, tomar un barco y ponerse a salvo del otro lado del mar. Pero el destino, y sobre todo la memoria de los juchitecos, estaban atentos. Fue capturado en su huida, y en una decisión que nadie esperaba, fue entregado precisamente a las autoridades y pobladores de Juchitán, el mismo pueblo que había ultrajado, humillado y ofendido profundamente.
Lo que ocurrió en ese pueblo aquel día de 1872 es recordado como un acto de justicia que parece sacado de las antiguas escrituras, donde la ley del talión "ojo por ojo, diente por diente" se hizo realidad con una precisión escalofriante.
Los juchitecos no lo mataron de inmediato. Primero, lo ataron tal como él lo había hecho con su santo a un caballo, y lo arrastraron por las mismas calles, recorriendo el mismo camino de humillación que él había impuesto a su santo. Quienes narran la historia dicen que sus gritos se escuchaban en toda la población, igual que antes se escuchaban los llantos de la gente cuando él pasó.
Pero la medida estaba hecha con exactitud. Como él había cortado los pies de San Vicente Ferrer, le cortaron las plantas de los pies a Félix Díaz Mori. Y para cerrar el ciclo de dolor, lo obligaron a arrastrarse y sufrir sobre un suelo cubierto de brasas ardientes y cenizas calientes, hasta que la vida le abandonó.
Dicen que el karma no perdona, y en el siglo XIX operaba con tasas de interés muy altas. La muerte de "El Chato" fue la respuesta histórica a su propia crueldad.
LA FRASE DE PORFIRIO DÍAZ
Hay un detalle final que hace de esta historia algo inolvidable y que define la personalidad del hombre que gobernaría México por más de 30 años. Tiempo después, cuando Porfirio Díaz logró llegar a la Presidencia de la República y consolidó su poder absoluto, tuvo en sus manos la oportunidad perfecta: localizó y capturó al hombre que había dirigido la ejecución de su hermano en Juchitán.
Todo mundo esperaba venganza, castigo ejemplar, sangre por sangre. Sin embargo, don Porfirio ordenó su inmediata liberación y, con esa frialdad y astucia que lo caracterizaba, pronunció la frase que quedaría grabada para siempre en la historia política de México, una frase que resume su forma de gobernar:
"En política, no tengo amores ni odios."
Ni siquiera la muerte de su propio hermano, ni la afrenta familiar, pudieron nublar su juicio político. Porfirio Díaz entendió que castigar a los juchitecos por lo que hicieron con Félix era abrir una herida en la región del Istmo que le costaría gobernabilidad. Prefirió la estabilidad del país sobre el sentimiento de venganza personal.
Félix Díaz Mori murió como vivió: con excesos, con poder y pagando el precio de haber olvidado que, incluso para los hermanos de los hombres fuertes de México, hay límites que no se deben cruzar.
Fuentes consultadas:
- Historia de la Revolución de la Noria, Genaro García, 1908.
- Porfirio Díaz: Su vida y su gobierno, José López Portillo y Rojas, 1911.
- Crónicas del Istmo de Tehuantepec, Francisco de P. Defosse, 1891.
- Tradiciones y Leyendas del Estado de Oaxaca, Colección de historias orales y documentales del Archivo Histórico del Estado de Oaxaca.
- El Porfiriato: Historia y legado, Daniel Cosío Villegas, 1973.

