Por: Inés Arroyo
Recuperar un fragmento de la memoria colectiva de la Mixteca oaxaqueña y traducirlo en una experiencia escénica contemporánea es el objetivo de Maroma, espectáculo creado por Idiotas Teatro y Pasatono Orquesta, que se presentará los días sábado 7 y domingo 8 de febrero en el Pabellón del Jardín Escénico, a un costado del Auditorio Nacional, con entrada libre.
La puesta es una reinterpretación actual de la maroma mixteca, una práctica festiva y acrobática presente en diversas comunidades del país, tradicionalmente vinculada a celebraciones comunitarias y religiosas. Con música en vivo, danza, humor y acrobacia, Maroma propone un diálogo entre tradición y escena contemporánea, evocando los antiguos panteones de pueblo como espacio simbólico donde conviven la vida y la muerte.
En el centro del montaje se encuentra la figura de Manuel Montes, payaso emblemático de la maroma tradicional, recordado por su capacidad para improvisar versos, su cercanía con el público y su presencia poética. Su historia, adoptada por el anecdotario popular, inspira la dramaturgia escrita por Fernando Reyes Reyes, que entrelaza lo real y lo fantástico para construir un universo escénico cargado de memoria.
La obra integra diversas técnicas, como teatro físico, teatro de sombras y de objetos, clown y acrobacia de piso. A lo largo de 70 minutos, actores, músicos y acróbatas conducen al espectador por un recorrido simbólico entre la vida y la muerte, donde el cuerpo, la música y la fiesta se convierten en vehículos de la memoria.
La música, compuesta y dirigida por Rubén Luengas, es interpretada en vivo por Pasatono Orquesta, ensamble con 27 años de trayectoria dedicado a la investigación musical de Oaxaca. Violines, jarana, metales, clarinete y percusiones construyen una atmósfera sonora que fusiona géneros tradicionales con influencias contemporáneas.
Maroma se presenta como un homenaje a una tradición en riesgo de desaparecer y a sus protagonistas, resignificando su legado desde la escena actual. Más que una representación, el espectáculo se asume como un acto de memoria viva, donde cada objeto, cada nota y cada movimiento invitan a recordar que las tradiciones también se preservan desde el cuerpo, la comunidad y la celebración compartida.