Hay una responsabilidad de los gobernantes de la que casi nunca hablamos.
Cuando discutimos sobre un presidente, un gobernador o un alcalde, solemos concentrarnos en los resultados: la economÃa, la seguridad, la salud, la infraestructura, los programas públicos. Todo eso importa y debe evaluarse.
Sin embargo, existe otra responsabilidad que rara vez aparece en la conversación y que, a mi juicio, puede ser igual de trascendente.
La responsabilidad de formar cultura.
No me refiero a la cultura como expresión artÃstica ni al patrimonio histórico.
Hablo de esa cultura silenciosa que determina cómo nos relacionamos con los demás, cómo resolvemos un desacuerdo, cómo entendemos la responsabilidad, cómo hablamos en público y cómo ejercemos el respeto.
Los seres humanos aprendemos observando.
Desde niños imitamos a nuestros padres antes de comprender sus palabras.
Más adelante imitamos a nuestros maestros, a nuestros amigos, a quienes admiramos y también a quienes ocupan posiciones de autoridad.
Es un proceso tan natural que casi nunca somos conscientes de él.
Adoptamos expresiones, gestos, maneras de reaccionar y formas de justificar nuestras acciones sin detenernos a pensar de dónde las aprendimos.
Con los gobernantes ocurre exactamente lo mismo.
Podemos estar de acuerdo con ellos o no.
Podemos votar por ellos o rechazarlos.
Incluso podemos criticarlos todos los dÃas.
Aun asÃ, los escuchamos constantemente.
Están presentes en los medios, en las conversaciones, en las redes sociales.
Su manera de hablar termina formando parte del ambiente cotidiano del paÃs. Y eso tiene consecuencias.
Cuando un gobernante responde con serenidad frente a una crÃtica, está enseñando algo.
Cuando pierde el control y convierte el insulto en respuesta, también está enseñando.
Cuando reconoce un error, está enviando un mensaje.
Cuando nunca acepta responsabilidad y siempre encuentra un culpable, también.
Lo mismo ocurre con el cuidado del lenguaje.
Estoy teniendo la oportunidad de leer algunos textos de un expresidente, asà como observar algunos videos.
No fue el contenido polÃtico lo que primero llamó mi atención.
Fue el cuidado con el que escribÃa y se expresaba.
HabÃa una intención evidente de construir una idea completa, de no dejar frases ambiguas, de hacerse responsable de lo que estaba afirmando.
No pienso que eso convierta automáticamente a alguien en un buen gobernante.
Pero sà me hizo pensar que existÃa una conciencia muy clara de que las palabras también forman parte del ejercicio del poder.
Ese detalle me pareció profundamente responsable.
Porque cuando una persona sabe que millones la observan, cada palabra deja de ser únicamente una opinión personal.
Se convierte en una referencia para la conversación pública.
El lenguaje del poder nunca permanece dentro del poder.
Baja a las calles, llega a las familias, entra a las escuelas, a los centros de trabajo y termina instalándose en la manera en que una sociedad aprende a discutir.
Quizá por eso me preocupa cuando la conversación pública se degrada.
No solamente porque el debate polÃtico se vuelva más pobre, sino porque ese empobrecimiento acaba filtrándose a la vida cotidiana.
Si desde los espacios de mayor visibilidad se normaliza la descalificación, la simplificación o la burla, tarde o temprano esas formas aparecen también entre vecinos, compañeros de trabajo y familias.
La cultura no cambia únicamente por grandes reformas. Cambia por repetición.
Cambia cuando una conducta deja de sorprendernos y comienza a parecernos normal.
Asà se construyen las buenas costumbres y asà también se deterioran.
A veces pensamos que el poder consiste solamente en tomar decisiones.
Yo creo que también consiste en mostrar una manera de estar frente a los demás.
Gobernar no es únicamente decidir; es ofrecer un ejemplo permanente, incluso cuando nadie se propone hacerlo.
Por eso me cuesta aceptar la idea de que un gobernante solo deba responder por sus resultados administrativos. T
ambién responde por el ambiente moral que ayuda a construir. Responde por el tono de la conversación pública.
Responde por el respeto, o la falta de él, con el que trata a quienes piensan distinto.
Responde por la forma en que enfrenta la crÃtica, por la precisión con la que comunica y por el cuidado con el que utiliza la palabra.
No porque una frase cambie un paÃs de un dÃa para otro, sino porque millones de pequeñas imitaciones terminan convirtiéndose en una forma de convivir.
Quizá nunca podamos medir esa influencia en una estadÃstica.
No aparecerá en un informe de gobierno ni en un indicador económico.
Sin embargo, puede ser una de las herencias más duraderas de cualquier liderazgo.
Los gobiernos terminan. Las leyes cambian. Los programas públicos desaparecen o se transforman.
Pero las formas de hablar, de discutir, de asumir responsabilidades y de tratar al otro pueden permanecer durante generaciones.
Tal vez ahà reside una de las responsabilidades más profundas del poder: comprender que, antes de gobernar un territorio, inevitablemente se está ayudando a formar el carácter de quienes lo habitan.
